A pesar de la fiebre y la desolación, de la sangre y el sudor, Cipariso permanecía sentado en el campo de batalla contemplando el romo paisaje de colinas agrestes. Sentía que la idea de la muerte le ahogaba la respiración, que las galerías desiertas del alma se inundaban de sensaciones extrañas. Miraba y pensaba sin que la luz de poniente lo aliviara. Por fin, horas o días más tarde, remedió que lo mejor era acorralar a la muerte en aquel mismo lugar. Para ello se dispuso a cavar una zanja tan honda como le concedió la roca viva. Luego, con mortero de cal y piedra muerta subió un muro alto y desnudo, dentro del cual enterró uno a uno los cuerpos de sus compañeros de viaje.
Tras acabar su obra, presintió que el vacío de la nada, con su fuerza negra y huidiza, escaparía fácilmente de allí, así que decidió rodear el muro con cipreses, árboles fuertes y valientes.
Desde la colina, estos fieros vigilantes de la eternidad, en fila de a uno, en centuria, desafiarían al mundo con su altura de cometa, alzarían sus ramas al cielo para sentirse como flechas azules contra la nada, cerrarían las puertas de la muerte para evitar que corra fugitiva contra los ojos de los padres, que escape la hiel de los vencidos...
Comprendió entonces que su empresa no estaba aún terminada, que aquellas colinas debían sentir el pulso de los vivos, el jadeo de la existencia y, para olvidar estos malos presentimientos, imaginó en su retina un paisaje lleno de olivos aferrados al hierro hirviente de los siglos, con cicatrices de sombra en sus troncos retorcidos como serpientes.
Por ello, durante años, con la fuerza de su miedo, llenó de plata azulada las colinas. Los olivos, separados con distancia de estrella, los dibujaba como un firmamento de vida, almas que borrarían las heridas de la muerte, un inmenso orden en el caos de hileras y silencio.
Cipariso, orgulloso de su tarea salvadora, descansó y esperó sin llegar a entender el sudor y la sangre oscura de las aceitunas.