La imagen que súbitamente se me vino a la cabeza fue la de un rabo de lagartija moviéndose eléctricamente. Fue un descuido. Ya estaba acabando cuando vi una rama cruzada de nogal que buscaba la oscuridad del centro y no la luz del exterior. El corte en la yema del dedo anular izquierdo resultó profundo y sesgado, como la poesía de don Antonio. Poco después, la sangre fluyó imparable y descontrolada.
Tal vez algunos podan tanto su lenguaje, sus sentimientos y sus pasiones que su poesía termina convirtiéndose en una larga sucesión de cicatrices sin restañar. Pero lo peor no es el artificio vano de la sangre, sino cuánto duelen las heridas.




