6.3.13

Avanti, forza e coraggio


                                                                                         A mi madre, presa en una cárcel de huesos cansados.

Pupilas que por costumbre se contraen ante la misma claridad enrejada. Es invierno y simplemente llueve. En aquella ventana, las horas son cíclopes incesantes, peleles que gesticulan una y otra vez en una televisión que apagará con la transparencia azulada de sus manos.
Ella recuerda a su familia, a sus nietos, a él, siempre él. Sentada, sola, en una mesa redonda, igual a la de su abuela, aquella que le contaba historias tan fugaces como el humo del brasero. Entonces, le sujetaba las manos —ahora lo entiende— para avivar las últimas pavesas de su vida:
—Dame tus manos, caliéntame el alma con tus ojos de estrella, que se me vaya el frío de los planetas, el hielo del tiempo huido. Acércate,  deja que sienta tu piel de cometa, la estela de tu pelo rubio, el brillo de los mares en tu voz de niña antes de que el invierno se esconda en su páramo de sombra y olvido. Pero no te vayas, vuelve a darme tus manos blancas, suaves como el mármol que huyo, como la sábana que me cubrirá, como el aceite de los recuerdos.
Fotografía Alonso CM.

26.2.13

Melancolía

Tristeza vaga, 
profunda, sosegada 
y permanente.
         DRAE

Fotografía: Alonso CM.
 

13.2.13

Heroicidades



Tan solo una raza valerosa como la mía, un temperamento tan acerado, una presteza tan encomiable… para pulsar un botón rojo.
Una deflagración se sucederá a este acto tan heroico como necesario.
Luego un fundido en negro: la nada en nuestras existencias, la realidad mordiendo los hígados de la virtualidad, la voz aniquilando a la máquina:
-¿¡Quieres apagar ya la televisión!?

6.2.13

Vasos comunicantes



Fernando Botero. "Lujuria"

El día que sus amigos, gordos consuetudinarios, empezaron a perder peso, notó que súbitamente su cuerpo se poblaba de adiposas redondeces.
Tal vez en ese momento advirtió que los culos orondos e interminables de sus esposas resultaban irrefrenables; sus pechos desmesurados, un bocado tan goloso como irresistible; sus pliegues escondidos, fruta prohibida que habría de saciarlo.
Fue casi al mismo tiempo cuando observó que su mujer detenía su lujuria en el espigado porte de sus amigos.

5.2.13

Utilitarismo


Solo el amor 

                    sirve para esconder

                                                    los ojos de la luz

                                                                                                 servil del tiempo.