6.3.13

Avanti, forza e coraggio


                                                                                         A mi madre, presa en una cárcel de huesos cansados.

Pupilas que por costumbre se contraen ante la misma claridad enrejada. Es invierno y simplemente llueve. En aquella ventana, las horas son cíclopes incesantes, peleles que gesticulan una y otra vez en una televisión que apagará con la transparencia azulada de sus manos.
Ella recuerda a su familia, a sus nietos, a él, siempre él. Sentada, sola, en una mesa redonda, igual a la de su abuela, aquella que le contaba historias tan fugaces como el humo del brasero. Entonces, le sujetaba las manos —ahora lo entiende— para avivar las últimas pavesas de su vida:
—Dame tus manos, caliéntame el alma con tus ojos de estrella, que se me vaya el frío de los planetas, el hielo del tiempo huido. Acércate,  deja que sienta tu piel de cometa, la estela de tu pelo rubio, el brillo de los mares en tu voz de niña antes de que el invierno se esconda en su páramo de sombra y olvido. Pero no te vayas, vuelve a darme tus manos blancas, suaves como el mármol que huyo, como la sábana que me cubrirá, como el aceite de los recuerdos.
Fotografía Alonso CM.